lunes, 22 de marzo de 2010

Nuevamente



El tiempo ha limpiado los campos de Onvisluth. Las heridas han sanado y la pena e incertidumbre volaron juntas, la vida vuelve a tomar terreno; no hay quien la detenga.
Las grandes guerras han cesado y las murallas ahora están calladas, no tienen enemigo o mal que detener. Aquella ciudad de mármol que alguna vez brilló ante los otros tres reinos, se encuentra vestida en ruinas, escombros y cuerpos en descomposición, su encanto fue arrebatado al igual que su libertad; sin embargo, como una estrella en la noche iluminando el camino más obscuro, se puede ver al final esperanza.
Se han dividido los territorios

Nar jamás volverá a ser ubicada en algún mapa. Las cuatro casas de Ebicer se encomendaron en la tarea de ser una barrera contra cualquiera que intentará cruzar por sus montañas sagradas. Estarán siempre vigilando, sin intervenir, los reinos de “abajo”; se abstendrán de involucrarse en problemáticas entre los Cuatro Grandes, y pasarán generaciones hasta que algún día vean un cambio que permita una vez más el paso a las místicas tierras del Norte.
Tierras salvajes y todavía llenas de grandes misterios; que sin duda alguna, podrían aclarar grandes enigmas sobre la vida del poderoso Tundria, y aún no encontraría la única verdad. Simplemente, es aquel lugar donde la gente de la Isla pisó por primera vez el continente y en donde también comenzaron los primeros enfrentamientos entre la misma raza.

Con la separación de una gran porción de firmamento al este de Durmar; dándosele el nombre de Tundria, se fundó la inigualable ciudad de Lordon. Dentro de un valle, junto a la costa, se planeó la monumental tarea de convertirlo en una gran fortaleza para sus habitantes. Años después, con más sabiduría por parte de la gente, se pudo lograr el más grande éxito del reino de Tundria: construir La Murralla de Buriar. Los Niarios fueron domados por Océano y Mar. El imperio se extendió por todo el continente hasta llegar a la misteriosa Estrella de Jailan; ubicada en la costa más habitada de todo Tundria: Necrodaneros. Silenciosa desde su existencia, al mismo tiempo que atemorizante ante los barcos pesqueros a causa de las leyendas que rodeaban aquel pedazo de tierra.
La mina de Jar unió el Oeste con el Este. En consecuencia, pequeñas aldeas por todo el continente florecieron de una manera rápida ante todo el progreso, y pacíficamente sin molestar a otros “vecinos”.
Las selvas fueron bendecidas con hermosos nombres. El más sobresaliente nombre era para la jungla junto a Carler: La Selva de los Reyes. Un lugar de reposo eterno para los antiguos gobernantes antes de Océano y Mar; dedicado por los viejos sabios.

La vida sigue su rumbo, no obstante, el mal tampoco se detiene.

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