lunes, 15 de junio de 2009

Un último aleteo


Caía el gran dragón en la miseria, con una flecha en el lomo y un hacha atravesando su vientre. Su destino era incierto, lleno de misterio; pero seguía aferrado a su noble objetivo de sobrevivir de aquella caza que se llevaba en las tierras de Durmar.
La fuerza le faltaba, aun así tenía una buena respiración con la cual podía pasar días sin mover un solo músculo y sin probar ni una sola gota de sangre.

Grades eran, físicos y espiritualmente; admirados por las aldeas de Arne, al mismo tiempo que se les cuidaba al quedar desprotegidos. Sus vidas eran un constante reto, en donde no cabía el más mínimo error, sin importar lo que se tuviera que arriesgar.
Se lanzaban a la misteriosa oscuridad para luego iluminarla con alguna llamarada proveniente de sus peligrosas bocas, y así poner en alto su poder y grandeza. Sin embargo, no todos podían ver la belleza de la criatura, sus ojos ciegos solo tenían un objetivo: “ellos mismo”.

Durante largos años recorrieron el mundo entero sin ser vistos por algún hombre u otro ser razonable.
Pasaban los días buscando su alimento, criando a los recién nacidos, luchando por un mejor territorio y merodeando muy cerca de las murallas de Onvisluth.
Habían sido testigos del poder y fuerza que eran capaces de ejercer aquellas criaturas portadoras de espadas afiladas como sus más grandes colmillos y escudos que los protegían al igual que las escamas del dragón. Durante toda la “segunda alianza” se escondieron detrás de las montañas que cargaban con las “Cuatro Casas de Ebicer”.
Protegidos por las rocas, y más importante, por los caminos salvajes y desconocidos para el hombre; vivieron en prosperidad y armonía. Pero al igual que en una posada a la cual siguen llegando huéspedes sin tener suficientes cuartos, se despertó la necesidad de los dragones por expandirse hacía los viejos cielos. Y fue aquello lo que los llevo a las armas de los guerreros.

Se desató la rivalidad entre las bestias y los hombres, alcanzando como punto máximo la creación de los Erahals; mercenarios dedicados a la desaparición de los dragones que viajaban por todo Durmar.
Sus cabezas llegaron a valer su peso en oro. Sin embargo, había sectas en donde se veneraban a los dragones, por que se sabía que en ellos yacía el fuego eterno entregado por Tundria, el cual servía de equilibrio al mundo; y olvidado con el transcurso de las guerras de “La Unión” antes de dar comienzo a las Alianzas.

Todo parecía perdido para el pobre dragón. Cadenas, llamas y alguno que otro objeto bélico lo rodeaba; tratando de atravesar sus indestructibles y hermosas escamas manchadas por su propia sangre.
Pasaron las noches y las alas deseaban aun más abrazar las nubes a lo alto, atravesar la tierra de Dembar para luego descansar en las tranquilas aguas del mar de Tundria.
Un día otro de sus compañeros se acercó a él y le obsequió la libertad que tanto deseaba.
A la mañana siguiente, la gente de Lordon bendijo el día para agradecer por la comida que tanto trabajo les costó “cazar”.

miércoles, 3 de junio de 2009

"La Union"


Los cuernos han sonado, la tierra se estremece con los pasos del ejército y un desastre está apunto de ocurrir debido a constantes desacuerdos. La guerra fue la elección de los altos emperadores para resolver sus problemas, sin embargo, ellos nunca conocerán el rostro de la cruel muerte.

Los soldados de Onvisluth no dejan de marchar sobre los suelos del renegado reino de Kamenorg. Rodeado entre los bosques al sur de Onvisluth, se prepara para lo que será su primera y última resistencia contra los expandidos dominios de su antigua aliado.
Los poderes elementales no servirán de mucho. Ay pocas esperanzas de recibir ayuda externa por parte de otro reino; las amistades se perdieron hace años.
“Tierra contra Tierra”, se escucha constantemente por las alborotadas calles de Helivan; capital de Kamenorg, al mismo tiempo que la gente deja sus labores para unirse a la gran oposición convocada por Azderorg, el emperador de Helivan.

Los batallones de Majundorg, o lo que queda de estos, han vuelto a cruzar las murallas de Helivan, pero pidiendo ayuda para sus graves heridas. Desconsolados por la derrota y pérdida de sus más queridos amigos, tratan de dormir sabiendo que posiblemente no haya un mañana al que puedan apreciar.
“¡Las torres caminan…y todos perecen ante sus movimientos!”, gritaban algunos combatientes invadidos por la locura al haber regresado de los puestos de observación, que también habían sido destruidos por “El Puño de Hierro”.


Continuara....



Nota: Yo se que la imagen es de El Señor de los Anillos, pero me pareció buena idea ponerla. Aunque ninguno de los dos pueblos que trato de describir son malvados o malditos.